Por Rodrigo Vissuet
11 de enero de 2026
En los últimos días, el presidente Donald Trump ha vuelto a escalar su retórica contra México con declaraciones de alto voltaje político y militar. En entrevista con Fox News el pasado 9 de enero, afirmó que las fuerzas armadas de Estados Unidos estarían “listas para golpear en tierra” a los cárteles del narcotráfico en territorio mexicano. No es la primera vez que Trump amenaza con una intervención unilateral: durante su campaña y su primer mandato ya había propuesto designar a los cárteles como organizaciones terroristas y justificar acciones militares más allá de la frontera.
Sin embargo, más allá del impacto inmediato de estas palabras, vale la pena plantear una hipótesis incómoda pero necesaria: ¿y si estas amenazas no están dirigidas realmente a México, sino a la opinión pública estadounidense? ¿Y si no se trata de una estrategia de seguridad internacional, sino de una cortina de humo para ocultar las grietas cada vez más profundas dentro de Estados Unidos?
El libreto ya conocido: narcotráfico como pretexto
El precedente más cercano se encuentra en Venezuela. El 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses ejecutaron una operación en Caracas que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Washington justificó la acción bajo el argumento del combate al “narcoterrorismo”, señalando presuntos vínculos del mandatario con el llamado Cártel de los Soles.
No obstante, incluso después de la operación, la narrativa oficial comenzó a desdibujarse. La estructura real de dicho cártel nunca fue presentada con claridad, y la atención se desplazó rápidamente hacia acusaciones individuales. Observadores internacionales han señalado que el señalamiento previo como “organización terrorista extranjera” —realizado semanas antes de la intervención— funcionó más como habilitación política que como resultado de una investigación concluyente.
La historia latinoamericana conoce bien este guion: Panamá en 1989, Guatemala en 1954, Chile en 1973. La seguridad como excusa, los intereses estratégicos como objetivo real. Bajo esta lógica, las amenazas contra México no serían una anomalía, sino la repetición de un patrón.
México como enemigo externo en un país fracturado
Estados Unidos enfrenta hoy una paradoja demográfica sin precedentes. De acuerdo con datos censales actualizados, más de 68 millones de personas se identifican como hispanas; cerca de 38 millones tienen origen mexicano. Esto representa aproximadamente una quinta parte de la población nacional, concentrada en estados clave para cualquier elección.
Esta comunidad —junto con afroamericanos, asiáticos y otras minorías— ha sido blanco constante de políticas restrictivas, discursos estigmatizantes y medidas económicas regresivas. La retórica antiinmigrante no solo busca votos: funciona como un mecanismo de polarización deliberada, necesario para sostener una base política cada vez más reducida pero radicalizada.
Históricamente, los imperios no colapsan por ataques externos, sino por incapacidad de integrar a sus propias mayorías internas. Roma, el Imperio Austrohúngaro, la Unión Soviética: todos ignoraron sus fracturas sociales hasta que fue demasiado tarde.
Economía interna en deterioro, conflicto externo como distractor
Las amenazas militares coinciden con un momento de fragilidad económica doméstica. Los aranceles generalizados impuestos en 2025 —incluido un piso del 10% a todas las importaciones— han elevado precios, reducido el poder adquisitivo y golpeado de forma desproporcionada a las clases medias y bajas. Modelos económicos estiman un aumento de entre 8 y 10% en los niveles de pobreza relativa.
Al mismo tiempo, el llamado Proyecto 2025 ha consolidado una agenda que prioriza recortes fiscales a grandes capitales, debilitando redes de protección social. El resultado es una percepción creciente —incluso entre votantes tradicionales del trumpismo— de que el gobierno responde más a intereses oligárquicos que al bienestar colectivo.
La historia es clara: cuando la desigualdad se vuelve estructural y la narrativa nacional se agota, los gobiernos buscan enemigos externos para mantener cohesión interna.
¿Guerra civil o implosión lenta?
Hablar de una guerra civil inmediata no es para nada exagerado. Pero además negar la erosión acelerada del tejido social estadounidense sería ingenuo. Polarización extrema, desconfianza institucional, violencia política normalizada y un discurso permanente de confrontación conforman un escenario peligroso.
En este contexto, México aparece no como objetivo real, sino como símbolo: el “otro” necesario para proyectar fuerza cuando el consenso interno se ha perdido. Las amenazas no buscan cruzar la frontera; buscan cruzar titulares; de momento.
Un espejo incómodo
Las declaraciones de Trump contra México revelan menos sobre nuestra región y más sobre el estado actual de Estados Unidos. Un país que recurre a la intimidación externa suele estar luchando contra su propia descomposición interna.
México, hasta ahora, ha respondido con mesura, recordando principios básicos del derecho internacional y la no intervención. El mundo observa. No tanto para ver si habrá una incursión militar, sino para entender si Estados Unidos será capaz de enfrentar sus crisis internas sin exportarlas al resto del planeta.
La pregunta ya no es si México está bajo amenaza.
La verdadera pregunta es si Estados Unidos sabe cómo evitar colapsar bajo el peso de sus propias contradicciones.